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En el Día de la Revolución de Mayo |Las mujeres que construyeron la patria

Invisibilizadas por el relato histórico oficial y patriarcal, las mujeres también lucharon por sus ideas y propuestas, bregando por una patria más justa e igualitaria. Hace 211 años atrás las mujeres criollas tenían un rol clave: muchas ayudaban a llevar adelante la Revolución. Conocé a algunas de ellas.  
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Aristocráticas, campesinas, indígenas, artistas, periodistas, entre tantas otras, dejaron una huella imborrable en la historia argentina, con ideas y hechos, pero que de forma deliberada no aparecieron en los relatos de la historiografía oficial. Más tarde que temprano, sabemos que estas mujeres fueron un pilar en la configuración de la Argentina naciente, no detrás de los grandes hombres de la época, sino como protagonistas con propia voz.

Todas ellas mediante diferentes profesiones se ocuparon de dar un giro a la historia mediante pequeños pasos como luchar por la Revolución, alcanzar el derecho al voto femenino o luchar por las condiciones laborales y difundir una versión alternativa de la historia de nuestro país, que ellas mismas escribieron.

Aquellas mujeres participaron en el día a día de la construcción histórica del país; muchas, desde el lugar privado al que estaban relegadas: el doméstico. Llevaban adelante, con los pocos recursos que contaban, en un contexto que la región atravesaba guerras continuas, las tareas del hogar y el cuidado de los hijos.

En muchos casos, fueron las madres de los futuros dirigentes de la nación. Otras lograron ocupar un espacio en el ámbito público, aquel que solo estaba reservado para los hombres. María Guadalupe Cuenca, Encarnación Ezcurra, Rosa Guerra, Mariquita Sánchez, Remedios de Escalada, Petrona Rosende de Sierra, entre muchas otras, dejaron diferentes documentos, cartas y otros textos que hoy proponen una perspectiva distinta de la historiografía oficial.

Eran mujeres que pensaban y reflexionaba sobre el presente y futuro de su tierra, de la historia, de la política y el poder. Fueron ellas precisamente quienes apoyaron y lucharon por la educación femenina, su representación y visibilización en la agenda de la época, entre otras cuestiones fundamentales.

Hace 211 años atrás las mujeres criollas tenían un rol clave: muchas ayudaban a llevar adelante la Revolución. No sólo aconsejaban a sus esposos o abrían las puertas de sus casas para reuniones secretas y peligrosas, sino que también participaron en los combates y hasta opinaban de política a la par de ellos. Sin embargo, los grandes héroes de la historia fueron los hombres del primer gobierno patrio, y el rol fundamental de las mujeres para la liberación de la región fue invisibilizado.

Gilda Manso, escritora, periodista y autora del libro “La historia argentina contada por mujeres”, dice: “La historia la contó el patriarcado. Las mujeres estaban ahí, pero fueron invisibilizadas porque las cosas que hacían, supuestamente, no eran imprescindibles. La normalidad era eso, que se ocuparán de la casa o sus hijos. Cuando la Revolución tuvo lugar, y los hombres se vieron obligados a luchar o a buscar trabajos en otras ciudades, ellas tuvieron que hacerse cargo de los comercios familiares, de las estancias, de los negocios. Fueron fundamentales para mantener la vida por fuera de la batalla. Esto, al parecer, no era importante”. Del mismo modo, agregó que su participación pública estaba muy limitada ya que dependían del permiso de su esposo o su padre, que en la mayoría de los casos no se lo permitían.

Mariquita Sánchez de Thompson y Casilda Igarzabal, esposa de Nicolás Rodríguez Peña, eran salonnière, es decir, imitaban el accionar de las francesas que abrían los salones a intelectuales y políticos durante el siglo XVIII. En ese sentido, la escritora e historiadora Gabriela Margall explicó: “Ante todo, es importante recordar que el sistema de gobierno era una monarquía y la opinión pública era vista con mucha desconfianza, los periódicos podían ser cerrados por las autoridades sin que nadie se escandalizara. Precisamente por esta razón, los salones privados se convirtieron en escenario de discusión política y las mujeres que eran dueñas de casa, se volvieron famosas por organizar esos salones. De modo que ‘abrir las puertas de sus casas’ era una opción y una posición política clara”.

“El mundo de la política era muy distinto al de ahora, por eso, al no estar complemente diferenciado el ámbito público de lo privado, las mujeres tenían posibilidades de participar en reuniones, aconsejar a sus maridos y hasta esgrimir posiciones y accionar en conjunto con otras mujeres – que, obviamente, siempre eran esposas antes que mujeres-. Los encuentros de los hombres del mundo de la política en el ámbito doméstico les permitían a las ellas estar dentro de lo político, aunque no siempre pudieran intervenir directamente en él”, resaltó la doctora en Historia e integrante del CONICET Guillermina Guillamon.

Hay muchos mitos que giran en torno al trabajo que realizaron las referentes femeninas durante la Revolución de Mayo. Por ejemplo, hay una versión que indica que la madruga del 18 de mayo de 1810, Casilda Igarzabal fue la que convenció junto a otras esposas de la alta sociedad porteña al comandante del Regimiento de Patricios, Cornelio Saavedra, para que se reuniera con Manuel Belgrano y Juan José Castelli con el fin de conspirar contra el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, reunión que culminó con el Cabildo Abierto del 22 del mismo mes.

Sin embargo, esos datos no están actualmente certificados y en los documentos que permiten reconstruir la historia la voz de las mujeres aparecen mediatizados y tamizados por la subjetividad masculina ya que la mayoría de ellas eran analfabetas. 

Las verdaderas leonas...

Casilda Igarzabal:

Fue una salonnière de la época virreinal y la esposa de Nicolás Rodríguez Peña, quien, junto a su hermano Saturnino Rodríguez Peña, estuvo involucrado en los movimientos de revolución e independencia incipientes que se desarrollaron a partir de la primera invasión inglesa de 1806. De modo que Casilda Igarzábal estuvo en contacto directo con participantes de la revolución de mayo desde el inicio y su participación como salonnière en los movimientos de 1810 es muy conocida.

Existe una historia que cuenta que habló de manera directa con Cornelio Saavedra y lo insta a hacer la revolución del 25 de mayo. Es un episodio difícil de comprobar y por más que sea interesante pensar la intervención directa de una mujer en la Revolución de Mayo, lo cierto es que ni siquiera los protagonistas de la revuelta tenían en claro qué camino seguir o qué hacer, no había "manual" para una revolución.

Guadalupe Cuenca:

Las cartas que le escribió a su esposo, Mariano Moreno, dan cuenta no sólo del vínculo amoroso y del sufrimiento ante su ausencia, sino que dan testimonio de cómo las mujeres sabían de los movimientos y enfrentamientos políticos posteriores a la “revolución de mayo”.

Toda la correspondencia epistolar -que nunca llegó a ser leídas por Moreno, dado que fallece en altamar- constituyen una de las mejores fuentes para reconstruir la disputa entre Moreno y Saavedra en torno a qué tipo de autogobierno constituir una vez apresado el rey Fernando VII.

En sus escritos, Guadalupe describe con exactitud cómo los “morenistas” –considerados como el grupo más radical de los “patriotas”- son quitados del escenario político, perseguidos y calumniados por los “saavedristas”, quienes hegemonizarán posteriormente la Junta Grande y tomarán una postura moderada respecto de la independencia. Así, antes que “cartas de enamorados” –como se las suelen describir- son un testimonio de cómo una mujer que aun estando fuera de los espacios de participación política, tenía una visión clara y estratégica de cómo las ambiciones enfrentaron a los principales referentes de la “revolución de mayo”.

Petrona Rosende de Sierra:

Uruguaya nacionalizada argentina, se convirtió en la primera mujer de esta región en crear un diario para difundir las cuestiones que les tocaban de cerca a toda la comunidad femenina (Así era la primera publicación feminista de la Argentina). Se llamaba La Aljaba, y su lema rezaba: “Nos libraremos de la injusticia de los demás hombres, solamente cuando no existamos entre ellos”.

El nombre, en alusión al estuche en el que las guerreras guardaban las flechas, se publicó desde 12 de noviembre de 1830 hasta el 14 de enero de 1831, durante el primer gobierno de Juan Manuel de Rosas. El periódico de cuatro hojas, se publicaba los martes y jueves y sus entregas eran por suscripción, para garantizar el dinero necesario para su impresión. Petrona llamaba a sus lectoras “porción hermosa de la sociedad”, aunque en sus editoriales también interpelaba a los hombres, que la ayudaban a sostener económicamente el proyecto. “Es preciso que ellos persuadan a las señoras que deben presentarse a proteger un periódico que por primera vez se les ha dedicado”.

Apenas publicaron 18 ejemplares. Sin embargo, fue el comienzo para difundir las ideas propuestas por aquellas mujeres que supieron evitar el silencio y conseguir un lugar por derecho propio. Por su trabajo y dedicación, Rosende de Sierra fue considerada la primera periodista argentina. Terminó sus días al mando de una escuela para señoritas.

Mariquita Sánchez:

Alguien que conocía muy bien a Juan Manuel de Rosas era Mariquita. Ambos forjaron una relación cercana desde niños, por medio de conocidos y amigos en común, pero Sánchez también profundizó otra con los representantes de la Generación del 37, el movimiento intelectual que fundó el Salón Literario en Buenos Aires, al que adhirieron distintas personalidades como Domingo F. Sarmiento, Esteban Echeverría, Bartolomé Mitre, Vicente F. López, José Mármol y Miguel Cané, entre otros. Todos ellos opositores a Rosas.

Muchos, queriendo evitar la persecución, emigraron a Montevideo, Chile o Bolivia, mientras que otros se alojaron en distintos lugares alejados del puerto, como Echeverría en Los Talas. Mariquita Sánchez, quien llevaba a cabo las tertulias de aquel Salón en su casa, se estableció en la capital uruguaya en 1837.

Muchos historiadores todavía no dan respuesta certera del porqué de su exilio. Desde allí, y como testigo de la invasión que llevaría adelante el general Juan Lavalle hacia Buenos Aires, Mariquita Sánchez escribió un diario dirigido al autor de El matadero, con lo que ella consideraba lo más relevante de los acontecimientos, y distintas reflexiones sobre la revolución y la ilusión de un mundo mejor.

Además de su compromiso con la patria naciente y pensamiento crítico, Mariquita será también recordada por ser la anfitriona y la pianista de la primera vez que sonó el actual Himno Nacional Argentino. Aquella Marcha Patriótica, como se la llamaba en ese entonces, se escuchó por primera vez en su casa, el 14 de mayo de 1813. Sin embargo, hay historiadores que refutan esta idea, ya que Mariquita nunca expresó ese gran momento.

Rosa Guerra:

Otra de las mujeres que tomó la pluma como recurso para alzar la voz fue Rosa Guerra. Escritora y periodista, fue la primera dramaturga publicada, con su obra “Clemencia”. Fiel a sus convicciones feministas y lucha por los derechos de la mujer, no dudó en escribir una novela que desafiaba todos los estándares de la época: Lucía Miranda, editada en 1860, que cuenta la historia de amor entre una dama española y un cacique indígena. Nunca contrajo matrimonio y murió a los 34 años.

Antes de eso profesó la enseñanza y dirigió el colegio privado que regenteaba Ana Bevans, en el barrio de Belgrano. Su militancia también se hizo pública con la impresión de su propio periódico: La Camelia, nacido el 11 de abril de 1852, hasta el 20 de junio del mismo año, con la salida de 31 números.

Fue un bisemanario, publicado por la imprenta Republicana luego de la caída de Juan Manuel de Rosas. Además de sus escritos, contaba con la colaboración anónima de varias mujeres, bajo el eslogan “Libertad! No licencia; igualdad entre ambos sexos”. Sus propuestas bregaban por la igualdad social y emancipación femenina, con un tono discursivo combativo, destinado a resistir las doctrinas de secularización social vigentes.

María Remedios del Valle:

"La madre de la patria", así la llamaron, una argentina de origen africano que nació en 1766 en la capital del Virreinato del Río de la Plata. Ella no fue ama de casa, ni periodista, ni esposa de un político. Su vocación de servicio la llevó a realizar trabajos de enfermería para auxiliar a quienes defendieron la ciudad porteña durante la segunda invasión inglesa, en 1807. Sin embargo, su espíritu patriótico la hizo ir más allá, incluso, para tomar las armas. Así lo hizo. Estuvo enlistada en distintas batallas como la de Tucumán, Salta y Ayohúma. Su marido y dos hijos no sobrevivieron a las guerras, mientras que ella continuó atendiendo a los heridos y arriesgando la vida por su tierra.

Fue Manuel Belgrano quien, deslumbrado por su compromiso, disciplina y lealtad, la nombró capitana de su ejército. Entre sus hazañas, se destacó por su gran fortaleza. Se sabe que fue herida de bala, hecha prisionera por los españoles y sometida como escarmiento a nueve días de azotes públicos que le dejaron cicatrices para el resto de su vida. Pero pudo escapar e incorporarse a las fuerzas de Güemes y Juan Antonio Álvarez de Arenales, para otra vez cumplir una doble función, la de combatiente y enfermera. Cuando cumplió 60 años, ya terminada la guerra, María Remedios del Valle volvió a Buenos Aires para convertirse en mendiga. Y así murió nuestra madre de la patria, vendiendo pasteles, tortas fritas y recogiendo sobras en los conventos.

María Loreto Sánchez de Peón Frías y Juana Moro:

María fue jefa de Inteligencia de la Vanguardia del Ejército del Norte y autora del plan continental de Bomberas, aprobado y autorizado por el Gral. Güemes. Loreto conoce en su juventud a Pedro José Frías, un revolucionario con el que tuvo dos hijos. Lideró Las Damas de Salta, un grupo conformado por amigas y conocidas, entre las que se encontraban Juana Moro de López, Petrona Arias, Juana Torino, Magdalena Güemes, Martina Silva de Gurruchaga y Andrea Zenarrusa, que eran ayudadas por sus hijos y criadas, y participaban mujeres de todas las clases sociales.

Juana Moro espiaba montada a caballo los movimientos del enemigo por un territorio que sólo conocía ella. Llegaron a apresarla y la obligaron a cargar cadenas e incluso fue detenida y tapiada en su casa, pero sobrevivió al salir unos días más tarde gracias a la ayuda de unos vecinos. Se disfrazaban, ocultaban papeles entre sus faldas, montaban a caballo y recorrían largas distancias para obtener información y transmitirla al ejército patriota.

Se organizaban para anticiparse a los planes del enemigo. Loreto se disfrazaba de viandera, con una canasta de comida en la cabeza y granos de maíz en los bolsillos a sentarse a la plaza donde estos acampaban. Cuando aparecía el oficial  que cantaba uno por uno los nombres, ella pasaba un grano de maíz de un bolsillo a otro por cada presente y luego enviaba esa información a través de un buzón encubierto en la corteza de un árbol. Todos los días, las criadas lavaban allí la ropa, transportando mensajes, que luego un soldado retiraba al anochecer dejando nuevas instrucciones y pedidos de información.

Julieta Lantieri:

Fue la primera mujer incorporada al padrón electoral en América Latina. Durante su carrera fundó junto a Cecilia Grierson la Asociación de Mujeres Argentinas en 1904. Dos años más tarde se recibió de médica, siendo la quinta mujer en conseguirlo en nuestro país. Publicó artículos en revistas de divulgación científica, en congresos y en sus prácticas políticas. Impulsó varios congresos, entre ellos, el Primer Congreso Femenino Internacional, el Primer Congreso del Niño a nivel mundial, la Liga por los derechos de la Mujer y la Liga por los Derechos del Niño, además de participar en la Liga contra la trata de blancas.

En 1920, organizó un simulacro del voto femenino sobre el cual Alfonsina Storni escribió una crónica del que fue un hecho verdaderamente revolucionario para la época. Junto a Carolina Muzzilli obrera y militante socialista organizó en 1913 el Primer Congreso del Niño. Junto a Salvadora Medina Onrubia, periodista, dramaturga (1894-1972) y Alfonsina Storni, poeta, periodista, dramaturga (1891-1938) tenían una relación de mutua admiración y fueron las primeras sufragistas de nuestro país.

Todavía hay muchos textos y testimonios por descubrir, a través de los cuales se podrá conocer no solo la historia de las mujeres y su participación en la construcción de la Argentina, sino también la de toda una sociedad que aún continúa luchando por la ampliación de derechos, la inclusión y la igualdad.|

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